Ser ingenuos y fáciles de engañar es ahora más inadmisible que nunca, no es conveniente cerrar los ojos a la maldad y perversidad de individuos o grupos, que manipulan a las personas aprovechando su indignación y su ingenuidad para utilizarlas en beneficio de sus propios intereses.
La fe en la vida, en si mismo y en los demás, tiene que edificarse sobre el terreno firme del realismo; es decir, sobre la capacidad de ver el mal donde está, de ver la trampa, la destructividad y el egoísmo, no solo cuando se presentan claramente, sino también con sus muchas máscaras y disfraces. Verdaderamente la fe, el amor y la esperanza han de ir acompañados de tal pasión por la realidad en toda su desnudez, tal vez el que no entiende esto puede verse inclinado a llamar cínica esta postura. Pues que sea cínica si entendemos por esto el no querer que nos tomen el pelo con sus mentiras dulces y agradables que llenan casi todo lo que se dice y se cree. Pero este tipo de cinismo no lo es en realidad: es crítica intransigente, es negarse a formar parte de un sistema de engaños. El maestro Eckhart lo expresaba brevemente cuando decía del “inocente”: “No engaña a nadie… pero tampoco se deja engañar”.

Fuente del texto: Erich Fromm

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