Otra vez veía abrirse un precipicio entre la sociedad y aquello que a mi me parecía deseable, sensato y bueno. Pero esta vez no me salvé de la introspección. No pasó mucho tiempo y me vi obligado a no buscar más la culpa de mis penas en el exterior, sino dentro de mi mismo.

No fue ningún placer encarar ese caos en mi interior e intentar poner algunas cosas en su lugar, la comodidad con que había vivido en el mundo no solo había sido pagada demasiado cara por mí, sino que había sido igual de haragana que la comodidad exterior del mundo. Pero mientras el éxito y la comodidad habían tenido en mi la influencia común: me había vuelto conformista y cómodo. Bueno esto me provocó suficiente malestar, que siempre es una escuela buena y enérgica. Así aprendí a dejar cada vez más que los asuntos del mundo siguieran su camino y pude ocuparme de mi propia participación en la confusión y la culpa de todo.

Y todavía hoy albergo la esperanza secreta de que con el tiempo también mi pueblo, no como un todo pero sí a través de muchos individuos despiertos y responsables, lleve a cabo un examen parecido y en lugar de las quejas y maldiciones contra la política y los enemigos malditos y los ex presidentes malditos coloque en su corazón la siguiente pregunta: ¿cómo fui corresponsable yo mismo? ¿Y cómo puedo volver a ser inocente? Porque uno siempre puede volver a ser inocente si, en lugar de buscar la culpa en los demás, reconoce su dolor y su culpa y los lleva hasta el final.

Fuente del texto: Hermann Hesse “El Lobo Estepario”

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